Ellos no pierden el tiempo.
Aguardan, ajenos a discusiones absurdas.
Silenciosos. Confían. Desean.
Y cuando les dejan, se vuelven a encontrar, reconociéndose al instante.
Fundiéndose apasionados.
Ayudando a reconciliarse una vez más.
lunes, 29 de julio de 2013
domingo, 3 de febrero de 2013
Miradas
Buscaba una mirada entre la gente. Una, tímida y sonriente.
Esa mirada que me hace sonreír incluso mientras me estás besando.
Esa mirada que me hace sonreír incluso mientras me estás besando.
Tú mirada.
Nuestras miradas.
sábado, 19 de enero de 2013
Cama vacía
Sostengo el
móvil en la mano. Ya han pasado varias semanas. Gracias a la mudanza los
primeros días pasaron deprisa, en poco tiempo había ordenado las cajas y
limpiado todo más de lo necesario. Después los días fueron pasando lentamente, tenía
claro que no podía seguir con lo nuestro ya nos habíamos engañado suficiente, pero
pronto, aun habiendo sido yo el que dio el primer paso para acabar con todo
aquello, empecé a contradecirme, a echarte de menos, y traté de ocupar mi
tiempo y mi mente.
Hoy estoy
agotado, llevo todo el día fuera haciendo las primeras compras de navidad, sin ti
después de tantos años. Al llegar a casa, he cenado un par de copas de vino
blanco. Ahora pienso tumbado sobre una cama con la luz de los rayos de una Luna
pletórica en un cielo vacío. No paro de mirarla, sobre los edificios. Respiro
profundamente… intentando dejar la mente en blanco, pero es imposible, la
nostalgia me envuelve. Hace ya al menos una hora que debería estar durmiendo si
pretendo aprovechar el domingo. -el despertador me perdonará mañana- pienso.
Trato de dormir una noche más al borde de la cama, miro hacia el que era tu
lado, soy consciente de que esta ya no es nuestra cama, aquella donde nos
refugiábamos y entendíamos a la perfección, único lugar donde eso ocurría,
donde nos reconciliábamos y donde me regalabas promesas que nunca cumplían,
palabras eran solo palabras. Realmente era gracioso ver como poco a poco te
ahogabas en tus propias incongruencias, esas que yo justificaba siempre.
Me cuesta
reconocerme a estas horas, aturdido, pensando en todo y nada, sabiendo que lo
único que me calma es el calor. En esta cama no hay sitio para ti, aunque desearía
que las cosas hubieran sido diferentes para poder seguir compartiéndola contigo,
pero no.
Vuelvo a mirar
el móvil. Busco. Como una maquina escribo, sin pensar.
En Veinte
minutos sonará el timbre. Y correré como un animal a abrir la puerta.
lunes, 7 de enero de 2013
Corazón impermeable
Se asomó al exterior a través de
la ventana y, al mirar al cielo, no supo si aquellas nubes amenazaban lluvia o
tan solo una tarde gris. Siempre que el día no era soleado buscaba cualquier
excusa para quedarse en casa, pero hoy le estaban esperando y no estaría bien
no aparecer.
(…)
Creció siendo un niño responsable
y tímido. Su madre Martina lo protegía con prohibiciones y mimaba con regalos. Había
tan solo una cosa en la que no le consentía: “Las clases de natación”. Era algo
que siempre afrontaba con desgana. Aunque los mejores momentos que recuerda en
su infancia, se producía justo cuando salía del agua, donde jugaba con Damián
con quien hizo buenas migas desde el principio. Era con el único que, dejándose
contagiar por su energía, conseguía hacerle perder la introversión y olvidar todas
las advertencias de su madre.
Pero Damián y él dejaron de ser
buenos amigos demasiado pronto. Debido a un incidente producido por un juego
infantil demasiada cerca de la piscina. Él solo recordaba que Damián le empujó,
y sin poder controlar la situación, se sintió caer a cámara lenta hasta ser
tragado por el fondo de la piscina. Cuando abrió los ojos, aterrorizado, expulsando
agua por la boca, su madre se lo llevó en volandas y nunca más volvió a
aparecer por la piscina, ni mucho menos le permitió volver a jugar con Damián.
Librarse de las clases para él fue un alivio, pero los temores que este líquido
elemento le producían se incrementaron con los años.
A lo largo de su infancia se
fueron sumando varios incidentes negativos entorno al agua calándolo hasta los
huesos, hasta que decidió no volver de mojarse. Siempre llevaba un paraguas al
salir de casa, rodeaba los charcos; aunque llevaba años sin ir a ninguna piscina
ni acercarse a menos de doscientos metros del mar, lo único que no evitaba por
su excesiva noción de la limpieza eran las duchas las cual afrontaba con
rapidez y verdadero sufrimiento.
(…)
Una tarde tras varias horas en la
biblioteca, llovía, por una falta de previsión inexplicable por su parte había
olvidado el paraguas, así que para evitar tener esa sensación insoportable, que
le provocaba el agua sobre la cara, aguardaba bajo los soportales de la
biblioteca cuando alguien se acerco por detrás y le dijo bajito y tartamudeando
-Lo… Sien… to-. Era Damián, quien había aguardado todo este tiempo en silencio
y había logrado reunir el valor
suficiente para ordenar aquellas dos palabras a las que tantas vez se había
detenido para acercarse de nuevo a él. Había pasado mucho tiempo culpándose por
el incidente, podría haber sido algo
grave y no había olvidado esa sonrisa viva e inocente. Le miro sin decir una palabra, mientras se producía una
batalla de contradicciones en su interior, le costaba apartar de su cabeza, aquel
monstruo que durante meses había ido generando con pesadillas y fortalecido por
los comentarios que estuvo recitando su madre durante días.
–
Hijo podrías haber muerto.
–
Hay que tener mucho cuidado con quien se juega y
con donde se juega.
–
El agua es muy peligrosa
Pero era imposible mantener esa idea mirando la transparente
mirada de Damián.
(…)
Cogió las botas de agua y salió
corriendo escaleras abajo, evitando coger el ascensor. Recorrió el camino hasta
la cafetería Continental saltando de baldosa en baldosa sin pisar la unión
entre ellas. Llego cinco minutos antes y aguardó mirando las agujas del reloj
hasta que la manecilla marcó la hora exacta y la puerta se abrió.
Allí estaba él.
La charla transcurría como las
anteriores, ambos guardaban más de lo que daban, reprimiendo sus deseos,
llevaban meses pasando de puntillas por encima de sus verdaderos sentimientos.
Contradiciéndose, cuando uno se acercaba el otro salía corriendo, cuando se
necesitaban no se encontraban y cuando necesitaban espacio se asfixiaban. Así pasaban los días esperando que el otro
diera el primer paso.
Entonces el destino le puso a
prueba, y tras un estruendo ensordecedor, el cielo empezó a romperse en
cortinas de agua. Se levantó, y su mirada se congeló en el exterior. Totalmente
extraído del mundo, Inmóvil y asustado, notó de repente algo que le agarraba
fuerte la mano, miró y allí estaba su mano, recorrió su brazo lentamente casi
acariciándolo hasta que sus miradas se cruzaron. Guardaron silencio, sobraban
las palabras. Podía merecer la pena zambullirse en un océano de miedos juntos.
Había llegado el momento.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Cuestión de tacones.
Sobre sus tacones pisa fuerte y
segura, levantando las calles. En el trabajo sabe que materializar a la
perfección: inteligencia, ambición y convicción, son la clave de su éxito.
Cuando llega a casa, está Él, y
las cosas cambian, baja de sus tacones callando lo que lleva esperando desde
hace 5 años, un giro de 180 grados que nunca acontece, solo se deja intuir tras
cada discusión y posterior portazo…
Había llegado al límite de su paciencia pero
por enésima vez lo aceptará con "carita" de cordero.
¿Era eso lo que ella quería?
Él piensa que con flores, un puñado
de palabras bien preparadas, y esas caricias que desembocaban en la cama el
único terreno en el que si se entendían, se arreglaba todo… Pero no sabe que
pronto esa puerta no se volverá a abrirse, y los tacones retumbaran por todas
partes.
domingo, 23 de diciembre de 2012
El Cartero
“Al principio abría el buzón y ansioso buscaba entre el
resto correspondencia esperando encontrarte.
Ahora que he abandonado tu recuerdo, el cartero entre
recibos y facturas siempre entrega buenas noticias”.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Paseo en solitario.
Recuerdo perfectamente aquella tarde. Como
siempre, comprobé rápidamente mis bolsillos, y tras mirar por la ventana, envolví
mi cuello en aquella larga bufanda que
ya no uso, aquel otoño parecía obligado a desaparecer por un invierno que se
presentaba sin avisar. Así me lance a la calle, por primera vez, a la deriva en
un improvisado paseo.
Comencé saliendo por una de las bocas de
metro de centro de la ciudad, una ciudad que por entonces apenas conocía aun
siendo la mía. Caminaba con paso indeciso, sin rumbo. Paso a paso observaba a
mí alrededor. Recreándome, en pequeños detalles, olores, colores… jugando a ponerles
nombre a los personajes que caminaban a paso vertiginoso, imaginando sus
historias a través de pequeños detalles.
Siempre iba, y voy, acumulando cosas que
quiero hacer mientras estoy trabajando, y al final nunca hago. De repente
recordé algo, llevaba tiempo queriendo visitarlo, (tiempo intentando convencer
a alguien para que me acompañara) y me encaminé con paso decidido hacia el
Museo Principal.
Tras pasar por la taquilla, me planté frente a aquel
monumental edificio y comencé a ascender lentamente por los escalones que conducían
hasta la entrada. Me encontré con un muchacho. Óscar
decidí llamarle. Era un novel fotógrafo, que en una postura casi imposible,
sujetaba entre sus hábiles y precisas manos una clásica cámara réflex. Sonreía mientras
le miraba inocentemente.
Entré. Y recorrí algunas de las decenas de salas, impresionado,
perdía la mirada por la inmensidad de la galería, tratando de buscar alguna
imagen que me resultara familiar. Me detuve en alguna pintura, apenas unos
segundos. Pero esta vez las pinturas pronto pasaron a segundo plano… Los
visitantes del museo comenzaron a ser más interesantes: Un pequeño cuaderno de
notas acompañaba a una pizpireta Berta. Un lienzo y un pincel a Miguel, un
pintor de densa mirada ante un amplio paisaje. Amanda y Víctor con los dedos
entrelazados compartían susurros y picaras miradas a lo largo del pasillo
central.
Frene mis pasos en seco.
Por un instante, busqué de nuevo en los bolsillos algo
que aquella tarde no había metido, sentí vértigo. Perdido traté de ayudarme de un pequeño plano para ubicarme.
Pero esto no ayudó, sino todo lo contrario. En el bolsillo no había nada que
calmara mi necesidad de compartir, ahora estaba yo solo; esa sensación de
soledad me frustraba.
Apenas habrían pasado
treinta minutos pero salí del museo, solo y desorientado, pensando que había
sido estúpido salir solo. En la cabeza hervían miles de ideas inconexas que
solo conseguían resolverse en una absoluta e incontrolable sensación de vacío...
en medio de toda esta revolución de incomodas sensaciones, vi a lo lejos una
figura que resultaba familiar. Óscar, con su cámara colgada y un abrigo largo sin
abrochar, como si el frío no fuese con él.
Iba deteniéndose a capturar, edificios, personas, instantes... volvía a meter las manos en
los bolsillos y seguía caminando.
A una distancia prudencial le veía tomar alguna que otra foto más. Inicié una
inconsciente y sutil persecución. En una ocasión coincidimos esperando en un semáforo
y vi sus ojos, con mirada de abstracción, enmarcados en una barba cobriza perfectamente
abandonada.
Óscar, estaba
disfrutando en soledad de su paseo, como yo, hasta que sentí esas sensaciones.
Se había convertido en un peculiar compañero de viaje y en un referente que me
ayudó a serenarme, a ordenar ideas. Ambos llegamos a una calle mucho más
transitada, donde resultó cada vez más complicado seguirle la pista. Finalmente
su cabeza se difuminó entre la multitud.
Giré mis ojos, mi
cara, mi cuerpo,… no, el ya no estaba; pero fue curioso terminar aquella
persecución ante la misma boca de metro por la cual había salido un par de
horas antes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
