viernes, 30 de julio de 2010

Mensaje en una botella


Descansó en la arena. Había estado navegando a la deriva. La botella era su hogar, y en ella observaba con atención todo lo que le rodeaba, el pequeño pez aún no había aprendido nadar.

jueves, 17 de junio de 2010

A grandes males, PEQUEÑOS REMEDIOS

Metió la mano en el bolsillo y se dio cuenta de que tenía un agujero. ¡Qué mala suerte! Había ido perdiendo todas las cosas que había ido guardando. Decidió que la mejor solución era acudir a un experto, así que se fue a ver a su tío, el sastre.

Al llegar, aspiró profundamente y reconoció aquel aroma tan particular. Mezcla de tela, madera y tiza de marcar. Se dirigió a su tío y expuso con rapidez la gravedad del problema. Éste dejando lo que tenía entre manos le miró y con aparente preocupación, le dijo – Busca en el almacén y mira a ver qué encuentras.

Ante los estantes atestados de telas y con cierto desanimo, empezó a examinar uno a uno los bolsillos que fue encontrando. El primero un bolsillo de vivo con ojal, no paraba de observarlo todo descaradamente y resultaba demasiado inquietante. Luego, un bolsillo de pañuelo, perfecto para alérgicos – pensó. Había bolsillos apilados, por colores, por tamaños… y muchos otros arrugados. Se fijó en dos bolsillos de cremallera: uno que no abría la boca y el otro que tenía demasiadas cosas que decir. No servián. Había algunos descosidos, otros sin coser. Incluso un bolsillo francés con el que no terminó de entenderse…

Tras este último intento decidió darse por vencido y regresó al taller. Su tío, ante lo sorprendente de la infructuosa búsqueda, le miró y le dijo – deja aquí la chaqueta y vuelve mañana, ya me ocupo yo de todo. Le dio un beso en la frente y vio como desaparecía a toda prisa por la puerta.

Al día siguiente volvió, y al introducir la mano en el bolsillo comprobó que ya no estaba el agujero – ¿Dónde lo has encontrado? – preguntó sorprendido. – No lo encontré, solo lo cosí – Respondió su tío, esbozando una pequeña sonrisa.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La cápsula del tiempo


Al anochecer contó cinco pasos al Este del roble y, enterró la pequeña caja. Se sentó a disfrutar de los últimos rayos de sol antes que la noche tiñera de negro aquel espectáculo.

Pasaron los días, y las semanas se convirtieron en años.

Al amanecer cuando el sol comenzaba a colorear poco a poco el paisaje, recuperó la oxidada caja, en su interior habían estado esperándole: el tren de madera, ceras de colores, algunas cartas y dibujos… Todo lo necesario para reencontrarse con el niño que había olvidado.


domingo, 28 de febrero de 2010

Luna Deseada

Cada veintinueve días la miraban brillar, cada uno desde su ventana cerraban lentamente los ojos y pedían un deseo. Un día al abrir los ojos sus labios estaban sellados.

jueves, 25 de febrero de 2010

En el lugar de siempre...

Aquella mañana había recibido un sobre sin remitente. Debía haber pasado un año y un par de meses desde la última vez. Ausente al murmullo que se propagaba por aquella cafetería convertida para ellos en un pequeño refugio, permanece sentado en la mesa de siempre. Despacio, da vueltas a la cucharilla, con la mirada fija en aquel pequeño papel doblado que sostiene entre sus dedos, se sumerge en sus recuerdos.

La primera vez, ella salía del jardín de infancia, él jugaba en la plaza con el balón. Los siguientes veranos compartirían juegos y peleas. Durante uno de ellos, un ingenuo juego les llevaría orillas del mar. Sol y arena fueron testigos del primer beso, un sabor a sal que nunca olvidarían. Un amor de niñez que les acompañaría toda la vida. A veces dormido por tantas ocupaciones, otras despertando de pronto en el hueco de algún cajón. Ella le recordaba por su cálida y sosegada voz, él por su luminosa y dulce mirada. No habían vuelto a reconocer una sensación semejante en otros labios. Pero escondían el sentimiento sustituyéndolo por otros.

Deseaba que se abriera la puerta, que sus miradas se cruzaran una vez más. Ella comenzaría a hablar sin parar. Impaciente. Él intentaría controlar la situación hablando del paso del tiempo. Y, en silencio, mirándose a los ojos a tanto solo unos centímetros de distancia. Con las manos entrelazadas el sonido de la cafetería se convertiría en susurro. Sus labios lentamente acabarían uniéndose de forma inevitable. Al separarse ambos serian conscientes de que la única muestra del paso del tiempo eran los arrugas de sus rostros.

El ruido de la cafetería toma forma poco a poco. Su mirada se había mantenido abstraída durante aquella dulce melancólica que proseguía a la apertura. Dentro, un texto sencillo, escueto, acompañado de aquel inconfundible olor que tantos recuerdos le trae. Lee y sabe, no hace falta más.

Fecha y hora, en el lugar de siempre.


domingo, 14 de febrero de 2010

Contra reembolso


Dudó y, finalmente, la dejó caer en el buzón. Dentro, los abrazos que nunca se atrevió a darle.

jueves, 28 de enero de 2010

Un carrito rezagado

Temprano. Cafetería oscura. Entre los dedos, una pluma negra con muchas historias por contar. Sobre la mesa de madera, un cuaderno espera ser usado impaciente. Apoya la cabeza sujetando su barbilla pensativo. La inspiración llega y se va. Mira por la ventana. Nubes amenazantes. Gente de un lado para otro como maquinas, nadie mira a nadie.

Entre el rebaño de gente alguien marca su propio compás, ahí está, con su carrito. Pelo descuidado, blanco y castaño. Batín azul con flores blancas bajo un holgado abrigo marrón. Zapatillas de estar por casa. Mueve los labios, a veces tararea, hoy tan solo cavila en voz alta. Se ríe de sus años con una tierna y deshabitada sonrisa. Algunos la toman por vieja loca, pero su arrugada cara refleja una vida llena de alegrías y esfuerzos. A la espalda soporta el peso de historias, refranes, y olvidos. Sus ásperas manos de tierna abuela, tiran de un rezagado carro gris una vez más, vuelve del supermercado, ha vivido tiempos de guerra y no quiere que falte nada. Le encantan las comidas abundantes, llenas de especias de dificultosa digestión.

Es un día especial, la cuenta atrás hará llegar a un puñado de hijos y nietos a su pequeño palacio. Está muy ilusionada aunque se repita la misma historia. Ella quiere ayudar pero acaba observando el reloj, presidiendo el salón, solemne, sintiendo las agujas pasar. Los engranajes ya no funcionan como antes. Sus palabras son pausadas e inconexas pero entrañables. Tantos años de trabajo y ahora sus manecillas, aunque nadie se dé cuenta, se retrasan como su presencia. Es difícil entender lo fundamental que resulta ahora oír ese tic tac... ¿Quién le dará cuerda?

– Aquí está el descafeinado que pidió, con dos de azúcar –. Hoy no se atrevió con el café. Sigue mirando por la ventana pero Berta ya no está, debió de perderse entre los pensamientos y la gente. Guarda la pluma. Acaricia las letras y cierra el cuaderno.